sábado, 29 de mayo de 2010

Caracol... caracol... caracol... caracolito...

Lo conocí por venturosa casualidad. Un amigo mío vivía justo enfrente de él, en medio de una súper-manzana (barrio o colonia para los que no conocen Cancún) residencial cancunense. Llamó mi atención un frondoso jardín discretamente iluminado con coquetas mesitas y un suave jazz de fondo. La escena fue un magnético despliegue de sutil exquisitez para mi hedonista sensibilidad. Sucumbí a la incitación y pocos días después visité el lugar.

Hace más de diez años (y varios deleites) de este descubrimiento y sigo sorprendiéndome con el modesto resplandor de l'Escargot. Sin alardes ni excesos, este restaurante es el vivo ejemplo del resultado que da la publicidad de boca en boca cuando el producto es sencillamente excelente. La carta es frugal, la exuberancia se encuentra en la degustación de sus platillos. La selección de vinos es precisa y el esmerado servicio evita a toda costa ser sofocante.

Obviamente la especialidad son los caracoles (escargots) pero honestamente no me he atrevido... soy un hombre de costumbres y siempre ordeno mis mejillones a la marinera de rigor, aunque también me he dado licencia para probar otras delicias que recomiendo con vehemencia. Por ejemplo: cualquier filete de res les parecerá sabrosísimo pero mi favorito es el Vincent que viene con salsa de brandy y vino tinto, receta original de la casa. Usualmente mi paladar no siente seducido por la comida dulce, pero el magret de pato confitado es un deleite.

Para mi la experiencia es fundamentalmente un gozoso reencuentro con el malinterpretado “bon vivant” que todos llevamos dentro... con todo y sus secuaces, ya que siempre he procurado compartir este secreto con mis mejores amigos entre risas y buena charla. Nunca cesaré de mencionar que un ingrediente esencial de la buena mesa es la buena compañía, yo no se que es primero.

Admirable es, además, que a través de los años y, literalmente, contra viento y marea, l’Escargot continúe una antigua tradición hospitalaria olvidada entre plásticos y marcas: el arte de hacer sentir al comensal como en casa con un amable vaso de agua... gratuito.